Doctor Enrique Montoya “Candela”

  • dentista y cantante
  • 27 de Dic, 2012

dentista y cantante

La combinación de nacer y vivir en Utrera (Sevilla) y ser hijo del afamado cantante Enrique Montoya tiene como resultado natural sentir la copla y el flamenco de una manera muy especial. El doctor Enrique Montoya López “Candela”, con diez discos en el mercado, ama la música y la Estomatología a partes iguales. Gracias a su padre, tuvo un contacto directo con los grandes artistas de la copla de nuestro país, pero también supo de los sacrificios que implica dedicarse al mundo de la canción; por lo que decidió seguir sus consejos y formarse como médico. Ahora, con 60 años, reconoce que acertó al compaginar los escenarios y el ejercicio clínico como dentista, “mi vida está dividida entre la música y la medicina”, confiesa.

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¿En qué momento se encuentra su carrera artística?
Después de haber publicado diez discos, sigo cantando, aunque no ya con la frecuencia de hace unos años. El modo de vida del artista es bastante duro en cuanto a desplazamientos, muchos de ellos en coche y regresando a casa de madrugada, y eso cada vez pesa más. A esto se añade que las actuaciones surgen, sobre todo, de cara a las fiestas de los pueblos, en las que hay que cantar al lado de una feria o en el bullicio de las casetas, lo que no encaja mucho con mi forma de entender la música. Me siento muy cantautor y quiero que el público escuche mis letras y sienta las melodías.
Cuando era más joven, lo que más me interesaba era cantar, pero ahora, con 60 años, ya elijo mucho dónde hacerlo. Afortunadamente, tengo mi profesión de dentista y no me veo en la necesidad de cantar para satisfacer mi economía. Canto para que tanto el público como yo vivamos momentos placenteros.
Por otra parte, también le he cogido algo de miedo. Mi padre, Enrique Montoya, falleció en 1993 a causa de una aneurisma disecante de aorta, una enfermedad que también sufrió mi hermano José María (Tate) Montoya hace tres años. Yo admiraba mucho a mi padre y siempre me sorprendió el esfuerzo con el que cantaba; ponía muchísimo sentimiento. En mi opinión, su enfermedad se debió en buena parte a aquellos esfuerzos sobre los escenarios. Además, al ver que mi hermano también sufría la misma enfermedad y lo difícil que fue su recuperación, le cogí bastante miedo a cantar en galas de larga duración. La hospitalización de mi hermano coincidió con la promoción de mi último disco y lo cancelé todo porque no tenía ánimos. En estos momentos, sigo cantando porque en mi vida no puede faltar la música, pero lo hago en fiestas particulares, en locales de prestigio y, si puede ser, cerca de mi pueblo: Utrera.

¿Cómo fueron sus inicios en la música?
El primer disco que grabé fue con un grupo de folk llamado Candela, en el que también estaba mi hermano Tate Montoya, nuestras mujeres y otros familiares. Era el año 1977 y coincidió con mi matriculación en la especialidad de Estomatología, en Madrid. Aquel disco me hizo mucha ilusión porque era el primero y lo hacíamos en familia, pero no pudimos repetir la experiencia porque era complicado reunirnos para los ensayos.
En mi carrera en solitario he grabado ocho discos, el último de ellos hace unos tres años. También tengo un disco de villancicos que hice con mi padre y en el que participamos casi todos los hermanos, así como los nietos. Mi padre, que tuvo siete hijos, era un hombre que amaba profundamente a su familia. A todos los hermanos nos gusta mucho la música, pero profesionalmente sólo nos hemos dedicado a este terreno mis hermanos Tate y David, que desde hace muchos años tienen su propio estudio de grabación, y yo.

Dado que su padre es un referente en el mundo de la copla y el flamenco, ¿en qué medida le ayudó esto para adentrarse en el campo de la canción?
Mi padre siempre intentó que no me dedicara a la canción. Él y mi madre me recomendaban que estudiara e hiciera mi carrera universitaria como médico. Mi padre no me impedía cantar, pero para él los estudios eran lo primero. Mi primera guitarra la compré con mis ahorros y tuve que aprender a tocarla solo.
De todos modos, la música siempre ha estado en mi vida. Yo estudié con los Salesianos y tengo fotos cantando en una actuación de mi colegio con ocho años; con 15 quedé segundo en un concurso nacional. Unos años más tarde formé un grupo de rock con mis amigos. En mi casa se escuchaba flamenco y copla, pero, como cualquier otro joven de mi generación, también seguía los éxitos de los Beatles, los Rolling Stones, Miguel Ríos o Triana.

¿Por qué se oponía su padre a que usted se dedicara a la canción cuando él había tenido un gran éxito en España y otros muchos países?
Efectivamente, él alcanzó la fama en 1960 y estuvo muchos años entre los mejores. Compartió escenarios con Antonio Machín, Juanita Reina, Marifé de Triana, Concha Piquer, etcétera. Canciones como Esperanza o Señorita dieron la vuelta al mundo. Pero en aquellos años el éxito no significaba calidad de vida. Él era muy familiar y su dedicación a la canción siempre le obligaba a estar fuera de casa. Tampoco el dinero fluía como se pudiera pensar, no siempre los teatros se llenaban. Ese tipo de vida queda muy bien en las películas, pero implica muchos sacrificios. Todos tenemos días mejores y peores en nuestro trabajo y los problemas personales deben quedar al margen, pero ponerse ante el público todas las noches y dar lo mejor de uno mismo es extremadamente difícil. He visto a mi padre salir de casa llorando porque uno de mis hermanos estaba muy enfermo y, sin embargo, coger su guitarra, salir al escenario y poner al público en pie.
A todo esto se añade que en Andalucía el flamenco estuvo durante muchos años muy mal tratado. Los “señoritos” contrataban a los artistas para sus fiestas, pero no siempre pagaban lo acordado. No se tomaban en serio el trabajo de los cantantes y, en concreto, los flamencos tenían mucho que aguantar.

¿Pese a todo decidió dar un paso adelante?
Después de terminar Estomatología y regresar a Utrera, coincidí con el maestro Solano en un homenaje que le hicimos en un local que tenía mi familia. Yo le conocía desde pequeño y le tenía mucho cariño, así que en este homenaje canté Tu amigo, una de sus muchas canciones, y él se emocionó. Me dijo que sólo yo había cantando ese tema como él lo escribió. Me animó mucho a que hiciera carrera en solitario y me invitó a participar en un espectáculo suyo en el Teatro Álvarez Quintero, de Sevilla. Así fue como debuté como solista. Al poco tiempo grabé mi primer disco con la compañía Zafiro.

¿Cómo ha evolucionado su música?
Sobre todo hacia la madurez y mis raíces. Es un proceso contrario al que se produce en la Estomatología, donde la modernización es constante. En mis primeras canciones tenía muchas influencias del jazz o de la música brasileña, que me encanta, pero la copla y el flamenco están dentro de mi esencia y a eso he vuelto. Intérpretes como Juanita Reina, Marifé de Triana o Manolo el Malagueño son como mis tíos. He pasado muchos veranos acompañando a mi padre en sus giras y conozco a muchos de estos grandes artistas.
Cuando era joven no era tan consciente de las grandes letras y las melodías de la copla, pero con los años he podido valorar el enorme talento de maestros como Quiroga, Quintero o Rafael de León.
Mi penúltimo disco, titulado Me embrujaste, sólo incluye coplas y es del que más orgulloso estoy. En este trabajo están algunos de los temas que me han marcado en la vida, pero sólo hay un tema mío, llamado Con la venia, que se lo dediqué a mi padre.
En el terreno musical, ¿le ha pesado ser hijo de Enrique Montoya?
Para mí es un orgullo muy grande ser hijo de Enrique Montoya, es la persona a la que más he querido en mi vida. Su bondad, su sentido de la familia y su cariño están constantemente en mi mente. En el plano profesional, soy muy consciente de su gran talento y le admiro profundamente. Mi tono de voz se parece mucho al suyo, aunque nunca he caído en el error de pretender imitarle.
En este sentido, entiendo que los hijos de los artistas tengamos que vivir con la comparación con nuestros progenitores, es inevitable al principio, pero cansa escuchar constantemente que te digan “has cantado muy bien, pero no como tu padre”. Los años dan madurez y ahora ya no doy importancia a este tipo de cosas, pero reconozco que, para una persona que empieza en la música, estas coletillas pueden acabar minando la moral.

Además de la fama de su padre, ¿usted también ha convivido con la de su hermano Tate Montoya?
Ciertamente, de los tres hermanos que nos hemos dedicado a la música, Tate es el que más fama ha tenido. Él es un gran escritor; recientemente ha presentado un libro de poesía y una novela titulada El barco. Además, ha compuesto muchísimas sevillanas para grupos como Los del Río, Los Marismeños o El Mani. Posteriormente, comenzó a cantar y su éxito fue tremendo. Su fama hizo que le llamaran de Canal Sur para presentar “Tal como somos”, el programa que más audiencia tenía en Andalucía y que después yo también presenté. Más adelante le fichó Telecinco para conducir “La media naranja”. Estuvo colaborando con varias cadenas de televisión y haciendo su música durante mucho tiempo, pero llegó un momento en el que optó por montar su estudio de grabación junto a nuestro hermano David. Ha hecho un trabajo fantástico por recuperar la cultura del flamenco.

Usted hace sus propias letras y melodías. ¿Dónde encuentra la inspiración?
Soy muy variado en mi trabajo musical: unas veces me fijo en un tema concreto y sobre él voy desarrollando una letra, pero en otras ocasiones parto de un sentimiento. Tampoco tengo una regla fija para producir primero la melodía y luego la letra o viceversa.

A su juicio, ¿cómo ha evolucionado el flamenco y la copla?
El flamenco es un género muy cerrado en el que la innovación que se puede hacer es limitada. Todos los artistas pueden darle su sello particular, pero las reglas básicas hay que respetarlas.
La copla lleva bastantes años estancada por falta de buenos intérpretes y buenos autores. Han surgido muchos artistas, pero casi siempre imitando a otros más conocidos, lo que impide la evolución.
Es muy difícil que en la copla vuelva a repetirse una generación como la de mi padre, con tantos grandes artistas y autores.

Ahora que tiene su trayectoria musical madura. ¿Qué le ha quedado por hacer?
Siempre hay cosas nuevas en mente e incluso ganas de mejorar las ya hechas. Cuando termino un disco, es habitual que me quede la sensación de que podría seguir mejorándolo.
Mi último trabajo fue de canciones de otros autores, tales como Jorge Drexler, Hilario Camacho o Armando Manzanero. Todas tienen mi estilo, pero también he respetado mucho las melodías. Creo en el trabajo del autor. En ese último disco sólo hay un tema mío, que hice hace veinte años y está dedicado a Utrera.
¿Existe miedo a cómo reaccionará el público ante un determinado disco?
Con la edad, he aprendido que no le tengo que dar al pueblo lo que pienso que quiere, sino lo que a mí me gusta.
Las discográficas siempre preguntan a los autores sobre el tipo de público al que se dirigen sus canciones, pero es una estimación muy complicada. Creo que mis canciones gustan a la gente que siente como yo, quizá de mi misma generación, pero a veces me sorprendo y encuentro a jovenes que también me siguen.
Yo canto por placer y no para vender discos, por lo que no le presto atención al éxito o el fracaso.

¿Cómo ha compaginado la canción con la consulta?
Mi clínica siempre ha estado abierta. Si tenía que hacer una gala o grabar un programa para la televisión, adaptaba mis horarios, pero jamás he cerrado. Mi profesión es la de estomatólogo y es algo que no cambio por nada.
Para ser dentista y cantante hay que perder el miedo y pasar mucho de las habladurías. He tenido que escuchar a artistas que me preguntan por qué canto si ya tengo mi profesión de dentista y también a compañeros de la Estomatología que piensan que soy poco serio porque me dedico a cantar. A todos ellos les digo que se pueden hacer las dos cosas y que no son incompatibles. Canto porque me gusta y me siento bien y eso no conlleva en absoluto una falta de profesionalidad.

¿Por qué se dedicó a la Odontología?
Mi madre siempre me decía que le gustaría que fuera médico, pero sobre todo para que fuera una buena persona y ayudara a la gente. Cuando terminé Medicina, me marché a trabajar como médico de familia a un pueblo de la Sierra de Morón, en la provincia de Sevilla, y aquella experiencia me mostró una realidad: yo tenía apenas 24 años y no me sentía preparado para atender a niños muy enfermos o a personas mayores que se morían sin poder hacer nada por ellos.
Así, decidí hacer una especialidad y formarme muy bien para tener mucho más control sobre las patologías de mis pacientes. Me fijé en la Estomatología porque me parecía una disciplina médica con mucha variedad, con un trato muy cercano con los pacientes y, además, me permitía regresar a Utrera, que es donde quería vivir. La profesión de dentista tiene mucha responsabilidad, pero no es lo mismo jugarse un diente que un corazón. Tengo mucho respeto por mis pacientes y prefiero arruinarme a hacer un mal a alguien que venga a mi consulta.
Soy un dentista de familia y me encanta mi trabajo. La Odontología cada vez está más subespecializada y creo que esa dinámica nos está apartando de los pacientes. Yo lo hago todo en mi consulta y creo que la cercanía y el trato directo que les dispenso es algo que agradecen mucho.

¿Tienen algo en común la Odontología y el mundo de la canción?
El bienestar que se siente después del trabajo bien hecho. Cuando termino un concierto y todo ha salido bien, suelo regresar a casa en coche y me siento en una nube. Es una sensación muy íntima, porque es un momento en el que lo has dado todo sobre el escenario y te sientes realmente a gusto contigo mismo.
En la consulta la satisfacción es por aliviar el dolor a un paciente. Es un bienestar compartido y apoyado en la ciencia, pero también es muy agradable. Además de dentista soy médico acupuntor y a algunos de mis pacientes les he colocado las agujas para mitigar sus dolores. Es fantástico sentirse útil y ver que tu trabajo mejora su calidad de vida.

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