• "Cuando procedes de un mundo tan “de ciencias” como la Medicina y la Odontología, el campo de la interpretación resulta muy emocionante"

Doctor Fernando Moraleda Suárez

  • Dentista y actor
  • 03 de Ene, 2014

Dentista y actor

¿Qué fue antes: la interpretación o la Odontología?

Normalmente, todos los que tenemos la vocación de la interpretación la desarrollamos desde que somos pequeños. En mi época del colegio siempre estaba integrado en grupos de teatro y preparando funciones de final de curso. Yo era uno de esos niños a los que le gusta memorizar pequeños textos y preparar actuaciones; lo hice durante todo el colegio y el instituto, y también en los scouts. 

Aunque nací en Madrid, la infancia y la adolescencia las pasé en Las Palmas de Gran Canaria, así que allí fue donde, con 13 o 14 años, tuve mi primeros contactos con el teatro. Me incorporé a un grupo de teatro independiente y hacíamos pequeñas obras, adaptaciones musicales, etcétera.
 
¿Por qué decidió estudiar Medicina en lugar de interpretación una vez terminados los estudios secundarios?
A veces, la vida te da un revés, y así fue mi caso. Mi madre murió por una supuesta negligencia médica cuando apenas contaba con 45 años y yo, que era el mayor de cuatro hermanos y tenía en aquel momento 14 años, estaba muy unido a ella. Cuando la perdí, lloré desconsoladamente durante numerosas noches de muchos años. Sin saber por qué, y como una obsesión que no podía arrancarme de la cabeza, regresé a Madrid en 1976 y me matriculé en Medicina. Todos esos años fueron muy duros y la carrera tuvo un nivel de dificultad tan enorme que apenas dispuse de tiempo para pensar en otras vocaciones.
Posteriormente a la carrera de Medicina, hice Odontología en la República Dominicana, ya que acababa de desaparecer la especialidad de Estomatología en España. Después siguieron varios posgrados en España y Estados Unidos, la apertura de mis dos clínicas, tener familia, etcétera. 
 
Pero retomó la interpretación después de algún tiempo.
Efectivamente, con más de 30 años, casado, con dos hijos y dos clínicas que atender, tuve la mala suerte de sufrir una enfermedad neurológica muy extraña, similar a una encefalitis, que me dejó medio cuerpo paralizado y completamente ciego. Tenía hipertensión intracranel y dolores de cabeza incapacitantes, por lo que tuve que sufrir innumerables punciones lumbares que las recuerdo como mi peor pesadilla.
Estuve tres meses ingresado en el Hospital Ramón y Cajal, de Madrid. En mis conversaciones con el jefe del Servicio de Neurología, éste me confesaba que estaban totalmente perdidos ante mi enfermedad. De hecho, se hizo un diagnóstico diferencial con otras diez enfermedades con síntomas similares a los que yo padecía y la conclusión es que no iba a sobrevivir más de tres meses. Fue un auténtico calvario porque todo apuntaba que me iba a morir con 37 años. Sin embargo, los días iban pasando y, de repente, un joven médico adjunto que nunca olvidaré, el doctor Masjuan, tras innumerables horas de consulta en la biblioteca del hospital, halló un artículo de Estados Unidos en el que se describían diez casos clínicos similares al mío –aquel médico hoy es jefe del Servicio de Neurología en el mismo hospital–. Según se explicaba en el artículo, la enfermedad se curaba con el paso del tiempo, no dejaba secuelas y, además, no había registros de repetición. Y así fue. Poco a poco fui recuperando la visión, los dolores remitieron y pasé de estar todo el día pensando en que me moría a tener una nueva oportunidad de vivir. Nunca supimos si fue un tema vírico o autoinmune.
A los tres meses salí del hospital y unas semanas después ya pude reincorporarme al trabajo en la clínica. En aquellos mo­mentos me planteé que si tenía una segunda oportunidad de vivir la quería aprovechar para recuperar mi vocación de actor. Así, busqué una buena escuela de arte dramático y me inscribí en la de Gina Piccirilli, que era una de las más destacadas de Madrid. Estuve en total seis años yendo a clases nocturnas tres días a la semana. 
 
¿Desde entonces no ha abandonado el mundo de la interpretación?
La interpretación es como un deporte y como tal exige un entrenamiento constante. Desde hace 15 años, tanto si surgen papeles como si no, siempre hago mis entrenamientos semanales. En este momento voy a clase una vez a la semana.
 
¿Cómo surgieron los primeros papeles?
Estando en la escuela de Gina Piccirilli, en una muestra de teatro que hicimos con motivo del final del curso, tras las actuaciones se me acercó un señor que se presentó como representante y me dijo que le había gustado mucho mi forma de actuar y quería llevar mi carrera interpretativa. Se llama Daniel Díez y aún hoy sigue siendo la persona que me representa. Él se encarga de difundir mi currículum de actor entre los directores de casting y buscarme trabajos. Además, también tengo mi web (www.fernandomoraleda.com), en la que se pueden ver muchas de mis interpretaciones.
En el círculo de los actores hay profesionales que no tienen representante, porque ellos tienen sus propios contactos, pero yo he preferido la opción de estar representado. Como tengo disponibilidad limitada, porque el trabajo en la clínica sólo me permite ausentarme uno o dos días como máximo, hago papeles propios de los actores de reparto, que en las series de televisión se definen como actores episódicos –no somos los actores fijos, sino los que intervenimos en uno o dos capítulos–. 
En televisión empecé en el año 1999 con La casa de los líos, donde participé en unos ocho capítulos durante algo más de un año, y mi primer largometraje fue Canícula, rodada por Álvaro García Capelo en el año 2000.
 
Y a partir de ahí, muchos más papeles en televisión y cine.
Ciertamente, empezaron a surgir muchos papeles y tuve tres o cuatro años muy intensos de trabajo. Intervine en películas como Cosas de brujas, de José Miguel Juárez; Besos de gato, de Rafael Alcázar; La vida mancha, de Enrique Urbizu; Crimen Ferpecto, de Alex de la Iglesia, o El bateador, de Emilio Martínez-Lázaro. 
En televisión empecé a colaborar en series como Hospital Central, Ala...Dina, Al salir de clase, Policías, Aquí no hay quien viva y muchas otras.
Realmente, hace unos diez años trabajaba mucho más que ahora, porque en la interpretación, como en otros muchos sectores, la crisis se está notando de manera muy grave. Hay muy poca oferta de trabajo y la demanda es enorme. 
 
¿Nunca surgió la oportunidad de hacer un papel fijo en una serie o tener un papel con más peso en una película?
Sólo una vez. En 1999 sí estuve a punto de conseguir el papel del doctor Vilches en Hospital Central. Pasé casi todas las pruebas pero en el último momento se decantaron por Jordi Rebellón. No obstante, aquello me dio la oportunidad de colaborar de manera muy asidua en esta serie. Han sido doce años con muchas intervenciones.
La Odontología es una profesión que me encanta y no estoy dispuesto a sacrificar todo lo que he conseguido en este terreno. Así, siempre he considerado que mi reto era compaginar ambos trabajos: el de dentista y el de actor. 
No me gusta que la gente hable de mi trabajo como actor como si fuera únicamente una afición, dando por hecho que soy un dentista que dedica sus ratos libres a ponerse delante de una cámara o subirse a un escenario. Eso no es así. La interpretación es un oficio muy respetable y para mí también es mi trabajo. Siempre que actúo en una serie o en una película lo hago con mi contrato y percibo mi salario, por lo que no es una afición o un pasatiempo.   
Si bien es cierto que no he tenido aún la oportunidad de hacer grandes papeles, no por ello soy menos actor. Los actores de reparto o episódicos cumplimos una función importantísima para el desarrollo de una trama, y por supuesto que estudiamos y nos preparamos para hacerlo lo mejor posible. 
 
En varias de sus actuaciones interpreta el papel de médico. ¿Ha hecho alguna vez de dentista?
Sólo una vez he tenido una pequeña intervención como dentista, fue en la película Crimen Ferpecto. En ella hice de un dentista forense que tiene que identificar la dentadura de un muerto quemado. 
De médico he hecho muchos más papeles. En Hospital Central he tenido papeles de médico de planta o cirujano, y en Cuéntame cómo pasó también interpreté a un cirujano que quitaba un pequeño absceso del cuello de Toni, el hijo mayor de la familia Alcántara. 
Muchos directores de casting, al ver en mi currículum que soy médico, entienden que he de manejarme con soltura en las escenas en las que tengo que hablar con un paciente o cuando hay que trabajar en un quirófano. Sin embargo, tuve un profesor de interpretación, Paco Pino, que nos decía que los actores hacemos peor aquellos papeles que tienen relación con nuestra actividad diaria, por los automatismos que adquirimos sin darnos cuenta.
No obstante, no me he limitado a hacer de médico. También he sido abogado, portero de finca, xenófobo, policía o diplomático.
 
Como actor, ¿qué medio interpretativo le gusta más?
Sobre todo el teatro, aunque en este terreno estoy realmente muy limitado de tiempo. Es impensable que pueda participar en una obra que se representa de martes a domingo. Sin embargo, el teatro me atrae porque tiene una serie de técnicas y connotaciones que delante de una cámara o no se llevan a cabo o quedan muy sintetizadas. No tiene nada que ver subirte a un escenario que ponerte delante de una cámara. 
He trabajado en obras de teatro como La bombilla que flota, de Woody Allen, o La muerte y la doncella, de Ariel Dorfman, pero siempre en circuitos de teatro independiente y durante un tiempo breve. 
Si nos centramos en la interpretación ante la cámara, me quedo con el cine, sobre todo con el que se hacía en los años 90, que tenía una gran calidad. 
 
¿Tiene preferencia a la hora de llevar a cabo papeles cómicos o dramáticos?
He estado en muchas comedias, pero también he tenido papeles en dramas. No obstante, la adjudicación del papel depende sobre todo del perfil que del actor tenga el director de casting, que quizá no tenga mucho que ver con lo que uno piensa. Por ejemplo, debido a mi alta estatura y mi complexión fuerte, considero que podría encajar en el perfil de malo; en cambio, a muchos directores de casting les gusto más en el papel de bonachón. Dicen que tengo cara de buena persona.
 
¿Cómo es la situación actual de la interpretación en España?
Cada vez es más difícil trabajar. Como decía, hay muy poco trabajo y mucha oferta de actores. Los conocidos son sólo un pequeño porcentaje; más del 90 por ciento de los profesionales de la interpretación no alcanza la gran fama.
Pero yo sigo entrenando como siempre. Tras la marcha de mi profesora Piccirilli a Argentina, estoy yendo a clases a un centro muy bueno llamado Espacio Puenteaérea, donde sigo cursos monográficos. Mi profesor de interpretación es José Manuel Carrasco, que también imparte clases en la Escuela de Cinematografía de la Comunidad de Madrid. Entre otras cosas, estamos preparando una obra de Lope de Vega, cuyo texto es en verso.
Además del factor de la crisis, también es cierto que ahora mismo la clínica exige un dedicación de trabajo que no se puede obviar. La competencia a la que estamos sometidos los dentistas con clínica propia hace que tengamos que estar siempre al pie de cañón. No es fácil ausentarse uno o dos días a la semana de manera frecuente. Aún así, en diciembre hice una intervención en la serie de televisión El secreto de Puente Viejo. 
 
De su trabajo de actor, ¿de qué está más orgulloso?
He tenido papeles que me han gustado mucho, pero sobre todo valoro lo que el arte dramático y la interpretación me han aportado en el plano personal. Gracias a este trabajo, soy una persona con una buena dicción, que sabe hablar en público, controlo bien mi lenguaje corporal y no pierdo el ritmo de la conversación. Todos estos conocimientos los aplico en mi vida diaria, tanto en mi trabajo en la clínica con mis compañeros y pacientes como con mi familia o los amigos. 
Considero que las técnicas del teatro y la interpretación deberían ser asignaturas obligatorias en los institutos de formación secundaria. A todos nos es muy útil saber cómo relacionarnos con otras personas, aprender a expresarnos y comunicarnos. En países como Inglaterra la cultura del arte dramático está plenamente establecida en los colegios.
Fui profesor de la Universidad Europea de Madrid durante las tres primeras promociones de Odontología y todo lo aprendido en mis cursos de interpretación fue de gran utilidad. Durante mi juventud, lo pasaba fatal cada vez que tenía que hablar en público, y ahora soy capaz de hacerlo con naturalidad. 
El entrenamiento constante con monólogos, representaciones de escenas o improvisaciones me han dado muchas tablas, pero hay que tener cuidado porque si dejas de entrenar puedes perder mucho de lo aprendido. Trabajé durante un año en Londres, de 2004 a 2005, y en ese tiempo tuve que dejar la interpretación, así que a mi regreso a España tuve que esforzarme mucho y volver a entrenar para estar al día. 
 
¿Tiene referentes dentro del mundo de la interpretación? 
De los actores españoles actuales me gusta mucho Javier Bardem. En interpretación masculina creo que tiene un nivel muy alto; sus papeles en la última película de James Bond 007 o en Biutiful son excelentes. También me gusta especialmente Luis Tosar que, sin apenas estudios de arte dramático, tiene un talento sobresaliente para interpretación. De los extranjeros, me encanta Jeremy Irons y Anthony Hopkins. 
 
¿Desearía trabajar con directores concretos?
Soy consciente de que trabajar con los mejores directores es muy complicado, pero hay películas muy buenas de directores que no tienen aún una gran fama. No obstante, con Alex de la Iglesia tuve un pequeño papel y también los he tenido con Urbizu o Martínez-Lázaro. Entre mis favoritos está Vicente Aranda. Con él no he trabajado en rodaje real, pero sí he tenido la oportunidad de ir a un curso suyo. Creo que es un genio. Una anécdota: después de ese curso fue paciente de mi clínica.
 
¿Cómo es el mundo de la interpretación?
En general, el ambiente de todo lo que engloba el arte dramático es bastante distendido, pero esto no debe confundirse con la desidia. Sobre todo en los rodajes de cine o televisión se siguen unas reglas muy estrictas. Los directores de producción están siempre pendientes de que se cumplan los tiempos y no haya retrasos, ya que éstos se traducen en más dinero. También se es muy estricto con las mecánicas de interpretación, los tiempos o el racord. 
Pero, en general, el ambiente es muy bueno. Los técnicos de sonido o iluminación suelen ser los que aportan las bromas y los actores tienen un carácter bastante solidario.
Cuando procedes de un mundo tan encorsetado como la Odontología, el mundo del cine resulta muy emocionante. Personalmente, me gusta mucho la combinación. Los actores tenemos técnicas de desinhibición de conducta que, dentro de unos cauces, son muy positivas.
 
¿Tiene alguna predilección para su próximo largometraje?
Me gustaría hacer un western, porque es un género que me atrae bastante. Hace unos años tuve una intervención en una serie canadiense cuyo título era Queen of Swords (Reina de Espadas) y estaba ambientada en la baja California durante la época de El Zorro. Se rodó en Almería durante nueve meses. Fueron 25 capítulos y yo participé en uno de ellos. Esta serie nunca se emitió en España, pero sí en Estados Unidos y Canadá.
Aquella experiencia fue muy positiva porque tuve que aprender a montar a caballo y también fui a clases de esgrima, porque en una de las escenas tenía un combate con espadas. En realidad, luego el rodaje era bastante más sencillo de cómo lo pensé a priori. Cuando se montaba a galope se recurría a un extra, mientras que yo sólo hacía la llegada al trote, y la lucha con espadas era una coreografía que se rodaba a un ritmo muy lento y a la que luego se le daba velocidad.
 
¿Cómo es la relación entre los actores fijos de una serie o los principales de una película y los actores esporádicos o de reparto?
Es una relación de compañeros. Generalmente, los actores esporádicos vamos uno o dos días al rodaje y lo normal es que antes de entrar en el set todo el mundo esté muy concentrado en su papel. En algunas ocasiones, los actores fijos hacen “mesas italianas”, que consiste en encerrarse todos en una sala repasando el texto de manera muy rápida. Es una forma de calentar y salir al rodaje con el texto muy trabajado.
A mi me gusta repasar el texto con los otros actores con los que voy a rodar, tanto si son fijos como si son esporádicos. Es muy conveniente ese ensayo para tener claras las marcas de mo­vimiento, el racord, el ritmo del diálogo, etcétera.
 
¿Ha conocido actores a los que se les haya subido la fama?
Por supuesto, pero son los menos. La fama puede ser agradable en un momento dado, pero es muy complicado vivir todo el día bajo esa presión. Además, puede ser peligrosa, sobre todo si eres muy joven y no estás bien aconsejado. Es difícil digerir que te conviertas de la noche a la mañana en un referente y en una persona admirada. Creo que, ante este peligro, lo idóneo es recurrir al sentido común y la humildad. En el mundo de la interpretación puedes estar en la cima durante unos meses y al cabo de un año ser prácticamente un desconocido. 
Yo no he tenido que convivir con la fama a unos niveles extremos. Cuando era profesor en la Universidad Europea y tenía más papeles en series de televesión, a veces algún paciente de la clínica universitaria me reconocía. Las consecuencias de la fama pueden surgir en el momento menos pensado. Recuerdo que cuando estaba a punto de recibir mi doctorado en Odontología por la Universidad Complutense, en un acto muy importante para mí, una mujer se me acercó y me dijo que el día anterior me había visto en Ala…Dina. Mi fama ha sido muy discreta, pero realmente lo prefiero así. 
 
¿Saben sus compañeros de escena su profesión de dentista?
No es algo que comente nada más llegar a un rodaje, pero si surge el tema tomando un café con otro compañero sí lo digo abiertamente. Entre los actores esporádicos es muy habitual que tengamos otras dedicaciones y yo estoy muy orgulloso de ser dentista. 
Con los actores que tengo más confianza hablamos de todo y muchos de ellos sí saben que soy dentista. Por mi clínica han pasado muchos profesionales de la escena, tales como Patxi Andión, Gabino Diego o Vicente Aranda, porque es lógico que si alguno necesita un dentista piense en mi y venga a la consulta. También tengo pacientes actores que llegan recomendados por otros actores.
Incluso he tenido el caso contrario: una vez atendí a un paciente que era actor y al cabo de unos meses coincidí con él en un rodaje. 
 
Regresando a su otra profesión, la Odontología, ¿por qué decidió formarse como dentista?
Hice la carrera de Medicina siempre pensando en que acabaría en una especialidad quirúrgica, pero en absoluto pensaba en la Odontología. Al terminar los estudios hice mis prácticas como alférez médico en el Hospital Gómez Ulla, en Madrid, en el año 1986. Estuve destinado casi un año en el Servicio de Urgencias. La experiencia fue dramática porque era el único alférez médico y estaba solo muchas tardes. También coincidió con una época de importantes atentados de ETA en Madrid. En aquel Servicio de Urgencias vi morir a mucha gente. Tenía 24 años y en un año aprendí más Medicina que en toda mi vida de estudiante, pero fue muy duro mentalmente. 
Cuando aún estaba en aquel servicio hospitalario, un día recibí la visita de un íntimo amigo y compañero de carrera, el doctor Antonio García-Yanes, que por aquel entonces era residente de Cirugía Maxilofacial en Zaragoza. Le conté la situación que vivía en Urgencias. Ante aquello, él me aconsejó la rama de la Estomatología porque la conocía bien y creía que yo podía encajar perfectamente, dado que también en este campo podría desarrollar mi vertiente quirúrgica. No desprecié sus consejos; al contrario, sopesé aquel planteamiento y vi que podía ser una buena opción, sobre todo porque la parte quirúrgica la podía seguir ejerciendo y lo de montar mi propia consulta también me atraía mucho. No niego que en mi decisión influyó, además, el hecho de que las salidas laborales como médico eran bastante complicadas en aquel momento.
De este modo decidí dar el paso y me fui a la República Dominicana para obtener mi titulación de Odontología. Estuve los dos años de rigor, conseguí mi título y luego hice posgrados en España y Estados Unidos. Unos años más tarde obtuve el doctorado en la Universidad Complutense. Sobre la preparación de mi tesis, no puedo olvidar la inestimable ayuda que recibí de dos personas que me demostraron su grandeza de espíritu y profesionalidad: el profesor José María Vega del Barrio, director de mi tesis, y el profesor Jorge Calderón.
 
En estos momentos, su práctica clínica está centrada, fundamentalmente, en los tratamientos implantológicos y la estética. ¿Qué le llevó a decantarse por estas disciplinas?
La parte quirúrgica me ha gustado desde siempre. Soy una persona que tiene bastante habilidad manual y siempre estoy enredado en algo. La Odontología y la interpretación son mis trabajos, pero como afición tengo una dedicación curiosa: la restauración de motores de coches y motos antiguas. 
En cuanto a la estética, mi interés por esta disciplina se despertó al leer el libro Change your smile, del doctor Ronald Goldstein. Lo leí cuando estaba estudiando la carrera de Odontología y descubrí que había un mundo apasionante más allá de la Odontología restauradora. Me formé mucho en estética; de hecho, mi tesis doctoral se centró en las carillas de porcelana.
 
Con 53 años, ¿cómo ve su trayectoria laboral, en la práctica clínica y la interpretación, en el corto plazo?
Deseo seguir aún unos años compaginando la interpretación y la clínica. Tengo el gran apoyo de mi mujer, Elsa, que es quien lleva la coordinación de los tratamientos en nuestras clínicas Smilelife desde hace más de 20 años.
En cuanto al futuro, tenemos dos hijos, mellizos, que actualmente están estudiando segundo de Odontología. Me gustaría que en un tiempo ellos tomaran el testigo de mis consultas y conocieran cómo se trabaja día a día para sacar una consulta adelante. El futuro de mis clínicas a largo plazo lo veo en ellos. 
Pero aún soy joven y me queda mucho trabajo por delante. El panorama odontológico no es fácil hoy. Los dentistas que queremos seguir un modelo tradicional, con atención personalizada en nuestras propias clínicas, estamos siendo sometidos a una gran presión. Algunas franquicias y compañías aseguradoras han entrado en este sector de manera poco ortodoxa. Son tiempos difíciles, por lo que nos toca seguir luchando.
En cuanto a la interpretación, los planes son seguir como hasta ahora. Preparándome para ser cada día mejor actor y aprovechando las oportunidades que surjan.

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